Ruanda. Se podría haber evitado

Fotografía de portada de Carlos Castro

Artículo publicado originalmente en catalán en Vilaweb el 07 de abril de 2014

Ayer empezaron los actos de conmemoración del genocidio ruandés. Durante los próximos tres meses, oiremos sentidos discursos por parte de líderes de todo el mundo lamentado los hechos y haciendo llamadas a qué barbaries como las vividas no se repitan. Pero hay otra cuestión sobre la cual en los días actuales deberíamos volver: ¿se podría haber evitado el genocidio?

Se ha consensuado que el genocidio de Ruanda empezó el 6 de abril de 1994. Ese día, el avión en el qué viajaba el entonces presidente ruandés Juvénal Habyarimana -juntamente con su homólogo burundés, Silvestre Ntaryamira-, fue abatido por un misil sobre Kigali. Los extremistas dentro el gobierno hutu se apresuraron a atribuir el atentado a la guerrilla opositora tutsi del FPR, y pocos minutos después que se conociera el magnicidio, grupos de milicianos interhamwe, apoyados por la guardia presidencial, iniciaban la persecución tanto de tutsis como de activistas, opositores y periodistas, fueran de la etnia que fueran. Dieron inicio así a 100 días de horror, en los que más de 800.000 personas fueron asesinadas. Pese a ello, el genocidio no fue un hecho aislado sino el final de un proceso con muchos actos. En palabras de la africanista Itziar Ruiz-Giménez, el genocidio fue el colofón a “100 años de política demencial”.

Con razón y sentido común, Christopher Kayumba, director del diario ruandés The Chronicles afirmaba, en una entrevista realizada con motivo del documental Ruanda. La reconciliación obligada: “Un genocidio nunca es accidental. Todos los genocidios son llevados a cabo por gobiernos o grupos organizados y para que puedan ser ejecutados deben haber sido preparados previamente”.

Pese a ello, como explica Ruiz-Giménez en su libro Las “buenas intenciones”: intervención humanitaria en África, publicado por Icaria el 2003, el genocidio de Ruanda es el “paradigma de la narrativa del nuevo barbarismo. Es decir, la explicación que las grandes potencias -con la connivencia de muchos medios de comunicación- dieron al genocidio era que se trataba de una “guerra tribal africana en qué, dada la locura reinante, poco se podía hacer”.

Se trata de una explicación que, de entrada, ya no se corresponde con las abundantes y obvias pistas que durante los meses previos indicaban el riesgo de un genocidio. La más clara -y también la más conocida- es el fax que el general Roméo Dallaire, responsable de la misión de los cascos azules en Ruanda (UNAMIR), envió en enero de 1994 al entonces jefe del Departamento de Operaciones de mantenimiento de la Paz de Naciones Unidas, Kofi Annan. En la misiva, le decía que se estaba armando a ciudadanos con machetes importados y que la capacidad letal de las milicias extremistas hutus, que se mostraban a plena luz del día, era muy alta. Durante todo el año previo al genocidio, otras personalidades, organismos y servicios secretos habían alertado a la ONU y las grandes potencias sobre el riesgo de las masacres. Como explica el general en el libro Shake hands with the Devil -del que se hizo un documental-, con 5.000 hombres y un mandato correcto, hubiera podido evitar el genocidio. Pero la actuación de Naciones Unidas, fue en la dirección opuesta. Ni siquiera, tras mandar el famoso fax, se le permitió decomisar los depósitos de armas. Personas tutsis que entrevistamos para el documental, explicaban que pese a tener todos los indicios que se preparaban matanzas, no huyeron porque la presencia de los cascos azules de la ONU les daba seguridad.

¿Por qué la comunidad internacional abandonó Ruanda a su suerte, pues? De nuevo hay muchos motivos. Entre ellos, el hecho que Naciones Unidas y, sobretodo Europa, se encontraban entonces centradas en la guerra en los Balcanes. Estados Unidos se encontraba en shock por la muerte de 18 de sus soldados en Somalia, en el episodio del Black Hawk derribado, que había comportado una vergonzosa retirada de sus tropas. Francia, por su parte, veía como Estados Unidos le estaba arrebatando influencia en el África oriental y, en consecuencia, decidió apoyar el gobierno de Ruanda, uno de los aliados que les quedaban.

De hecho, cada vez hay más investigaciones que señalan la participación de los servicios secretos franceses en el lanzamiento del misil que abatió el avión presidencial, un atentado que habría sido llevado a cabo realmente por extremistas hutus.

Lejos de una explicación sencilla, pues, el genocidio ruandés es multicausal. Detrás hay el interés de un grupúsculo extremista hutu dentro del gobierno, que veía sus privilegios amenazados por los recientes acuerdos de paz firmados en Arusha entre Habyarimana y el FPR. Pero para que se pudiera llevar a cabo a cabo el genocidio, tuvieron que confluir elementos históricos, sociales, políticos, económicos y culturales. Nacionales, regionales e internacionales, como explica Ruíz-Giménez. Un hecho histórico clave, por ejemplo, fue la decisión del colonialismo belga el año 1933 de fijar -por la vía de incluirlo en el DNI- la identidad étnica de las personas -tutsi, hutu, twa- un concepto hasta entonces variable, vinculado sobretodo a aspectos socioeconómicos: a grandes rasgos las personas ganaderas eran tutsis, los agricultores eran hutus y los twa eran artesanos. Esta división y el hecho de privilegiar un grupo por encima del otro fue útil a los intereses de dominación de los colonos pero configuró un nuevo imaginario colectivo de agravios y odios en cada uno de los grupos.

La tentación de vender y comprar explicaciones simples ante un horror que no se comprende es difícil de resistir. Por desconocimiento, incapacidad, falta de perspectiva, intereses o mala fe. Especialmente ha sido así en el continente africano, incomprendido y menospreciado desde el mal-llamado norte. En el caso de Ruanda, con el uso de una narrativa de nuevo barbarismo se buscaba no tener que intervenir. Si la comunidad internacional hubiera admitido que se estaba cometiendo (o por cometer) un genocidio, debería haberlo impedido, obligada por la Convención contra el Genocidio.

El genocidio tampoco fue un punto y final sino un punto y seguido, las consecuencias del cual aún la sufre la vecina República Democrática del Congo. Así, los actos de estos días, además de rememorar el horror, deberían servir para prevenirnos contra las interpretaciones demasiado simples de la realidad. Al menos como sociedad civil. Irak, Libia, Siria, República Centroafricana o el mismo caso ucraniano son ejemplos claros de como podemos caer en el mismo error una y otra vez.

 

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