El juicio del atentado a Hariri comienza entre divisiones y violencias

publicado en Gara el 17/01/2014
fotografia de portada, STL

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Desde hace dos semanas, la televisión libanesa Futuro lanzó una campaña, cuyos anuncios culminan con el siguiente mensaje: “16 de enero de 2014: El tiempo de la justicia”. En un país como el Líbano, donde el concepto de justicia ha ido íntimamente ligado al de impunidad, una declaración del género capta como mínimo la atención.

El eslogan tiene relación con el juicio que hoy empieza en La Haya en el marco del Tribunal Especial por el Líbano por el brutal atentado con explosivos que el 14 de febrero de 2005, en Beirut, acabó con la vida del multimillonario y ex primer ministro Rafiq Hariri, y de paso, con la de 22 personas más. Cinco miembros de Hezbollah están acusados de haber participado en el crimen si bien por ahora sólo cuatro serán juzgados. En ausencia ya que ninguno ha sido detenido.Se trata de un juicio tan esperado por algunos como atacado por otros. Hay también temor entre los libaneses ya que, desde su creación, el ya conocido como Tribunal Hariri ha ido acompañado a cada paso de división, inestabilidades e incluso violencia. Más en el contexto del conflicto sirio, que ha conllevado una polarización sectaria de la sociedad libanesa y un aumento de los atentados.

Hezbollah y su entorno asegura que el juicio ha sido un montaje de Estados Unidos e Israel para castigarlos a ellos y a Siria y sugiere que fue Israel quien asesinó a Hariri. Por su parte, los defensores del tribunal, encabezados por el movimiento 14 de Marzo, alaban la labor hecha por los investigadores, si bien por ahora las evidencias presentadas se sustentan fuertemente en localizaciones de llamadas telefónicas y son poco conclusivas. En medio ha habido juego sucio por parte de ambos bandos, dimisiones y retrasos.

El asesinato de Hariri ha sido quizás el mayor punto de inflexión político en el país del cedro desde el final de la guerra civil (1975-1990). Su mayor consecuencia fue la retirada del Líbano, tras 29 años de ocupación, del ejército de Siria, a quien inicialmente se acusó del atentado, por la presión popular e internacional. La segunda gran consecuencia fue la división de los partidos político libaneses en dos grandes bloques, entre partidarios y detractores de la tutela siria sobre el Líbano. El movimiento Futuro, dirigido y apoyado por la comunidad suní y presidido por Saad Hariri -hijo de Rafiq-, lidera la coalición 14 de Marzo, anti-siria y cercano a Arabia Saudita y EEUU; mientras que el partido musulmán chiita Hezbollah lidera la coalición 8 de Marzo, aliada de Damasco. Esta dualidad tanto política como identitario-religiosa ha determinado la vida política y social libanesa. No es de extrañar, pues, el revuelo generado por el tribunal, instrumentalizado políticamente desde el primer día: la víctima es el máximo referente político de la doctrina suní libanesa, mientras que los acusados son de Hezbollah, lo que afecta el líder de la otra parte.

Incapacidad libanesa para investigar

Tras el atentado, Naciones Unidas inició una investigación independiente que, entre otras conclusiones, determinó que los servicios de seguridad libaneses eran incapaces de llevar a cabo una investigación creíble ya que ellos mismos eran responsables de una “cultura de intimidación e impunidad en el Líbano”. Así empezó un proceso que, tras más muerte, dimisiones de ministros y bloqueos, culminó con la petición del gobierno libanés a la ONU de crear un Tribunal Especial para esclarecer el atentado. El Consejo de Seguridad lo aprobó, siendo la primera vez que se creaba un tribunal internacional por un magnicidio. Para Lina Khatib, analista y directora del Carnegie Middle East Center, “con ello se quería mandar un mensaje de firmeza conforme con el Tribunal se iniciaba una cultura de responsabilidad y justicia en la región”. A tenor de los hechos, dice, “no se ha conseguido”.

El impacto del juicio en la estabilidad libanesa -violencia y tensiones incluidas- sera escaso”, en opinión de Khatib. “Lo que actualmente está consumiendo ambos grupos es el proceso de configuración del gobierno”, asegura. Líbano se encuentra sin gabinete desde hace nueve meses por la incapacidad del Parlamento para acordarlo, con fuertes presiones de los aliados exteriores.

Justicia selectiva

¿Si el tribunal va a traer justicia para el Líbano?”, sonríe Maria, de unos 50 años y vecina de Ashrafie, barrio cristiano y conservador en Beirut. Y levanta la cabeza en el típico gesto de la zona para decir no. Como ella, muchos en Líbano no creen en la utilidad del juicio, por mucho que insista Futuro TV, por cierto propiedad de la familia Hariri. “La clase política conoce la autoría del atentado, pero no la va a desvelar, como ha pasado con el resto de asesinatos políticos. Son mensajes”, opina Joumana, periodista de sociedad de 25 años.

Nizar Saghieh, abogado por los Derechos Humanos, va más allá. “Vivimos en un estado carismático donde todo gira alrededor de la figura de los líderes. Y este tribunal consolida este sistema. El mensaje que manda a los libaneses y al mundo es que los únicos importantes son los líderes. No hay ninguna referencia a las masacres o a los 17.000 desaparecidos del Líbano. Este juicio sirve para esconder todos los demás crímenes contra los Derechos Humanos cometidos durante y tras la guerra”. No en vano, muchos de los actuales dirigentes son antiguos señores de la guerra. Concluye Saghieh: “este tribunal mantendrá el país dividido durante más tiempo, lo que supone una oportunidad para los líderes de ser más fuertes, peligrosos y seguir rigiendo el país”. Todo indica que el juicio será largo.

Una de las figuras más relevantes de la postguerra

Rafiq Hariri, magnate del mundo de los negocios, con una fortuna inicial hecha en el sector de la construcción de la mano de la familia real saudita, fue una de las figuras más relevantes de la postguerra libanesa. Este musulmán suní fue uno de los valedores de los acuerdos de paz y lideró, como primer ministro a lo largo de dos etapas, la reconstrucción física y económica del país, con políticas desarrollistas de carácter liberal -dónde gestión pública y privada se entremezclaban- y guiños populistas. Fue primer ministro desde 1992 hasta 1998 y de 2000 a 2004, año en qué dimitió, si bien con intención de volverse a presentarse. Durante todos sus mandatos convivió no sin tensiones con la ocupación militar siria y la tutela de Damasco sobre el Líbano. Hasta su última renuncia, cuando una serie de hechos políticos le convencieron de la necesidad u oportunidad de la retirada de Siria del país del cedro. Se convirtió así en un ferviente crítico del régimen de los Asaad por lo que cuando fue asesinado todos los dedos señalaron hacia Siria.

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